Las experiencias se sucedieron una tras otra, siempre con el baño como escenario principal. Era el único lugar de la empresa no alcanzado por las cámaras de seguridad, y ser vistos juntos fuera de la compañía, no estaba dentro de las opciones aceptables.
No me quejo, creo que durante esos meses aprendí las 1001 formas de coger dentro de un baño... Debo agradecerle a él haber sido mi maestro, me enseñó casi todo, y luego me fui perfeccionando solita.
No quedó recoveco por explorar, parados contra la pared, sobre el mármol de la mesada, tirados en el piso, pero sin dudas lo que más me gustó siempre era cuando se sentaba en algún inodoro y yo me sentaba encima, me dejaba montarlo y llevar el control, le gustaba que me pusiera salvaje. Los cubículos no eran muy cómodos, pero el estar apretados hacía que todo estuviera más a mano, y podíamos tocarnos, mordernos, y lamernos tanto como quisiéramos.
Los dos sacamos ventaja de la situación... él tenía una mujer a quien le podía pedir exactamente lo que quería sin que se sintiera ofendida, podía darme las indicaciones necesarias para alcanzar el mayor placer sin que yo le reprochara ni me pusiera susceptible; y por otra parte yo, aprendía todo lo que me interesaba saber, y no me avergonzaba preguntar, me ahorré la tensión de pensar si lo que hacía estaba bien o mal, directamente lo preguntaba.
Todo eso como un plus, descontando que gozábamos como animales.
Luego de algunos meses decidí abandonar la empresa en busca de nuevos y mejores horizontes, y como mi querido maestro tenía cierto terror a ser "pescado", dejamos de vernos.
Como un año después, cuando ya vivía sola, lo llamé y me visitó, pero yo ya había recorrido camino, y el cambio de escenario no fue favorable, faltó adrenalina, y sinceramente me aburrió, por lo que definitivamente no volvimos a vernos.
Al maestro con cariño
También podía sola
Mi primer encuentro sexual cambió mi vida 180 grados. Me fui de casa siendo una persona y volví esa noche siendo otra completamente distinta. Creo que crecí de golpe.
Dormí como un oso, y me desperté pensando en él. Repasé mentalmente cada imagen, cada sonido y volví a sentir el fuego interior. Otra vez sentía la vagina totalmente mojada, y metí la mano dentro de mi ropa interior para palpar esa viscosidad.
Y pensar que las veces que había oido hablar de masturbación, me asqueaba casi hasta la nausea!
Con los dedos bien húmedos, comencé a acariciarme el clítoris lentamente, cada tanto bajaba para volver a humedecerlos y seguía acariciándome mientras sentía que mi cuerpo se contorsionaba involuntariamente.
Aun hoy sigo considerando esta manera la más sencilla y placentera forma de autosatisfacerme. Y también todavía en ocasiones evoco esas mismas imágenes.
Me toqué hasta que volví a sentir la sensación de la noche anterior, y me froté hasta retorcerme de placer mientras me mordía los labios para no gritar.
Ya lo dije, pero lo reafirmo, esta práctica matutina es la mejor forma de empezar el día.
El despertar
En casa nunca me hablaron de sexo. Era una palabra prohibida.
Hasta llegué a pensar que mis padres sólo tuvieron sexo cuando me concibieron a mí.
La escuela de monjas contribuyó a mi pacatería, y así pasé los primeros 20 años de mi vida, privada del goce sexual pero no por convicción (lo cual hubiese estado perfecto), sino por miedo.
Tuve algunos noviecitos, pero no me duraban mucho, en tanto yo no los dejaba tocarme ni un pelo.
En el '92, obtuve una pasantía como asistente en una empresa bastante importante y se abrió un mundo completamente distinto ante mis ojos. Otro entorno de gente, nuevas formas de diversión y sobre todo, un jefe que me voló la cabeza en el instante que lo conocí.
Era perfecto, hermoso, elegante, dueño de la sonrisa más seductora que ví en mi vida.
Empecé a descubrir sensaciones nuevas que me aterraban, soñaba con él y me despertaba con una sensación de fuego interior que me hacía sentir absolutamente pecaminosa.
Subconcientemente mi ropa comenzó a cambiar, mis polleras se acortaron, mis camisas se ciñeron al cuerpo, y al salir de casa un par de botones se desprendían como por arte de magia.
Me daba cuenta que cuando estaba con él, lo provocaba, sin querer, con la mirada, con las poses... y él sonreía complacido.
Y llegó el día sin saberlo. Me pidió que me quedara después de hora, para terminar unos informes que debía presentar. Poco a poco, se fueron yendo todos, las horas pasaban y nosotros seguíamos trabajando a brazo partido, pero las miradas se sucedían y el ambiente se empezaba a sentir denso. Sentía el deseo irrefrenable de abalanzarme sobre él y al mismo tiempo la culpa de saber que eso no es lo que hace una chica decente.
Entonces me excusé y fui al baño a refrescarme, y en una fracción de segundo, sin que pudiera anticiparlo, apareció en el baño de damas detrás mío y trabó la puerta desde adentro. Se abalanzó sobre mí y empezó a besarme con desenfreno, le respondí de la misma manera, hasta que empezó a desabotonarme la camisa. Traté de zafarme de sus brazos y le pedí que se detuviera.
Se rió y me pidió que no me hiciera la histérica porque lo había estado provocando todo el día. Mis esfuerzos por explicarle que no era lo que parecía eran en vano y él seguía sobre mí, por lo que no me quedó otra opción que decirle a los gritos la verdad, que yo era virgen... Se rió, como se rió!
Cuando por fin dejó de reirse, me tomó de un brazo, me puso de espaldas a él mirando hacia el espejo, y con una destreza increíble me inmovilizó volcándome contra el marmol de los lavatorios. Yo estaba aterrada, no podía gritar, tenía la garganta cerrada, sólo miraba la escena surrealista por el espejo que tenía frente a mí.
Con una sola mano se calzó un preservativo, me levantó la pollera, me corrió la ropa interior y antes de que pudiera procesar las imágenes, me estaba penetrando.
Me dolió terriblemente, pero experimentaba una mezcla siniestra de dolor y placer, sentía un fuego en la entrepierna y mucha humedad.
Me agarraba del pelo para incorporarme un poco, y me manoseaba los pechos con la mano que le quedaba libre, para luego volver a sujetarme firmemente de la cintura. En cada embestida emitía unos sonidos guturales que me excitaban cada vez más. Bastaron unas pocas arremetidas para que empezara a sentir que me venía una especie de espasmo, una sensación que subía hasta nublarme la visión, me sentí mareada, pensé que me iba a desmayar, grité... Si, acababa de experimentar mi primer orgasmo.
Él siguió un poco más y yo necesitaba que se detuviera, tenía la sensación de que me iba a orinar encima. De pronto fue más y más rápido hasta que emitió un gruñido de alivio y se detuvo.
Su cara de terror cuando sacó su miembro de adentro mío y lo vió con sangre, la recuerdo aun hoy con total claridad.
- Te dije que era virgen.
Se higienizó lo más rápido que pudo, y salió corriendo del baño.
Yo hice lo propio y cuando me encontré presentable fui a verlo a su oficina. Se tomaba la cabeza, me miraba con pánico.
Le dije que no se preocupara, que yo lo había buscado, y que a pesar de todo, me había gustado, que me iba a casa, pero que sinceramente esperaba que se repitiera.
Y me fui a casa, decidida a pasarme al bando de las pecadoras.
Una breve introducción
Yo soy simplemente Sasha. Una mujer con muy pocos tabúes, 35 años, profesional y libre.
A causa de una educación religiosa muy severa, hasta los 20 años creí que el sexo era el peor de los pecados, y que de sólo pensar en eso, me aguardaría el infierno.
Hasta que a los 20 años perdí la virginidad, y con ella, mi sentir religioso, mis tabúes, y mis miedos. Y por supuesto, me gané un lugar de privilegio en el mismísimo averno.
En estos 15 años, no recuerdo un sólo día sin haber gozado sexualmente, ya sea acompañada o sola, porque creo firmemente en que no hay mejor manera de encarar el día que con un buen orgasmo.
Lamentablemente no puedo tener una relación formal, porque no encontré el hombre que entienda que yo separo en forma tajante el sexo del amor, y por lo tanto, me resulta muy dificil (o prácticamente imposible) negarme ante la posibilidad de tener buen sexo.
Por otra parte, soy extremadamente sincera, por lo que no podría mantener mi estilo de vida ocultandoselo a la otra persona. El día que formalice con alguien, deberá ser aquel que sea capaz de compartirme sexualmente con otros, con o sin su presencia, y sin reclamos posteriores.
Mientras tanto, soy plenamente feliz con la vida que llevo.