El despertar

En casa nunca me hablaron de sexo. Era una palabra prohibida.
Hasta llegué a pensar que mis padres sólo tuvieron sexo cuando me concibieron a mí.
La escuela de monjas contribuyó a mi pacatería, y así pasé los primeros 20 años de mi vida, privada del goce sexual pero no por convicción (lo cual hubiese estado perfecto), sino por miedo.
Tuve algunos noviecitos, pero no me duraban mucho, en tanto yo no los dejaba tocarme ni un pelo.

En el '92, obtuve una pasantía como asistente en una empresa bastante importante y se abrió un mundo completamente distinto ante mis ojos. Otro entorno de gente, nuevas formas de diversión y sobre todo, un jefe que me voló la cabeza en el instante que lo conocí.
Era perfecto, hermoso, elegante, dueño de la sonrisa más seductora que ví en mi vida.
Empecé a descubrir sensaciones nuevas que me aterraban, soñaba con él y me despertaba con una sensación de fuego interior que me hacía sentir absolutamente pecaminosa.
Subconcientemente mi ropa comenzó a cambiar, mis polleras se acortaron, mis camisas se ciñeron al cuerpo, y al salir de casa un par de botones se desprendían como por arte de magia.
Me daba cuenta que cuando estaba con él, lo provocaba, sin querer, con la mirada, con las poses... y él sonreía complacido.
Y llegó el día sin saberlo. Me pidió que me quedara después de hora, para terminar unos informes que debía presentar. Poco a poco, se fueron yendo todos, las horas pasaban y nosotros seguíamos trabajando a brazo partido, pero las miradas se sucedían y el ambiente se empezaba a sentir denso. Sentía el deseo irrefrenable de abalanzarme sobre él y al mismo tiempo la culpa de saber que eso no es lo que hace una chica decente.
Entonces me excusé y fui al baño a refrescarme, y en una fracción de segundo, sin que pudiera anticiparlo, apareció en el baño de damas detrás mío y trabó la puerta desde adentro. Se abalanzó sobre mí y empezó a besarme con desenfreno, le respondí de la misma manera, hasta que empezó a desabotonarme la camisa. Traté de zafarme de sus brazos y le pedí que se detuviera.
Se rió y me pidió que no me hiciera la histérica porque lo había estado provocando todo el día. Mis esfuerzos por explicarle que no era lo que parecía eran en vano y él seguía sobre mí, por lo que no me quedó otra opción que decirle a los gritos la verdad, que yo era virgen... Se rió, como se rió!
Cuando por fin dejó de reirse, me tomó de un brazo, me puso de espaldas a él mirando hacia el espejo, y con una destreza increíble me inmovilizó volcándome contra el marmol de los lavatorios. Yo estaba aterrada, no podía gritar, tenía la garganta cerrada, sólo miraba la escena surrealista por el espejo que tenía frente a mí.
Con una sola mano se calzó un preservativo, me levantó la pollera, me corrió la ropa interior y antes de que pudiera procesar las imágenes, me estaba penetrando.
Me dolió terriblemente, pero experimentaba una mezcla siniestra de dolor y placer, sentía un fuego en la entrepierna y mucha humedad.
Me agarraba del pelo para incorporarme un poco, y me manoseaba los pechos con la mano que le quedaba libre, para luego volver a sujetarme firmemente de la cintura. En cada embestida emitía unos sonidos guturales que me excitaban cada vez más. Bastaron unas pocas arremetidas para que empezara a sentir que me venía una especie de espasmo, una sensación que subía hasta nublarme la visión, me sentí mareada, pensé que me iba a desmayar, grité... Si, acababa de experimentar mi primer orgasmo.
Él siguió un poco más y yo necesitaba que se detuviera, tenía la sensación de que me iba a orinar encima. De pronto fue más y más rápido hasta que emitió un gruñido de alivio y se detuvo.
Su cara de terror cuando sacó su miembro de adentro mío y lo vió con sangre, la recuerdo aun hoy con total claridad.
- Te dije que era virgen.
Se higienizó lo más rápido que pudo, y salió corriendo del baño.
Yo hice lo propio y cuando me encontré presentable fui a verlo a su oficina. Se tomaba la cabeza, me miraba con pánico.
Le dije que no se preocupara, que yo lo había buscado, y que a pesar de todo, me había gustado, que me iba a casa, pero que sinceramente esperaba que se repitiera.
Y me fui a casa, decidida a pasarme al bando de las pecadoras.

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